jueves, 19 de enero de 2012
martes, 27 de diciembre de 2011
Rot y Perito Moreno, dos pioneros en la Patagonia
Alberto Schimmer Rot vive entre Punta Arenas y Peulla. En Peulla, una aldea fundada por su familia, emigrantes alemanes, paro a almorzar.
Don Alberto pertenece a una famila de alemanes que a mediados del s. XIX se establecieron en Chile. Forma parte de aquel flujo de europeos alentados a colonizar la Patagonia austral por iniciativa de Vicente Peréz Rosales y el presidente Mont. Dejaron su Europa natal rumbo a los confines de la Patagonia sin saber que se iban a encontrar aunque cargados de ilusiones. Nadie o casi nadie entonces se interesaba por aquel lejano y desconocido sur. Sin embargo ellos, los Rot y otros, confiaron en un proyecto o tal vez un sueño, trabajaron duro y les salió bien. Don Alberto regenta el hotel Peulla y desde hace un par de años, también el Natura. Los edificios miran frente al rio Peulla. Almorzar o pernoctar en el Peulla es casí inevitable para quien viaja entre Petrohue y San Carlos de Bariloche o viceversa. Después de un aguacero ha salido el sol. Los notros y los rododendros que hay en el jardín del antiguo hotel están hermosos. La tierra volcánica del bosque es muy fertil. Estamos en medio de la selva Valdiviana, gran masa verde que abraza la cordillera de los Andes australes, donde cientos de especies de flora endémica como el notro, el milenario alerce, el cohihue o la lenga, gozan de protección gracias a la protección del Parque Nacional Vicente Peréz Rosales. Me siento a la mesa del comedor del nuevo establecimiento, el hotel Natura, y al poco arriba don Alberto. "Jaime, ¿cómo estás? ¿viniste con un grupo?" "Si, solo que ellos ya terminaron de comer. Probablemente estén yendo a las cataratas". Más que cataratas es un gran salto de agua que brota de los más hondo de la selva. Andando apenas lleva veinte minutos. El mozo me trae un pisco sour, coctel chileno pero también conocido en Perú. Don Alberto no toma nada. Bebo en silencio. Don Alberto tiene la vista puesta en la sala. Lo observa todo, sin que se le escape detalle. Es la hora del almuerzo y la sala está al completo. Al poco vuelve el mozo de antes. Me trae una empanada de carne. La pruebo. "¿Está rica?", inquiere Don Alberto. Si, está muy buena, le contesto tras quemarme la boca . "Una vieja receta de mi madre, y ojo; recien salida del horno".
El abuelo de Alberto Schimer Rot, Don Eduardo Rot, fue quien descubriera al viajero y al turista este hermoso paraje. Junto con otro pionero, el celebre Francisco Pascasio - "Perito" - Moreno, abrió el paso de Peulla, el camino que comunica hoy dos de los parques nacionales más importantes de Ámerica Latina; el P.N. Vicente Peréz Rosales, en Chile, y el P.N. Nahuel Huapi, en la Argentina.
El último tramo de navegación lacustre tiene lugar en el lago Todos los Santos. El sol nos acompaña y gracias a este raro fenómeno - los días soleados son la excepción en la Patagonia - el color verde turquesa de sus agua se muestra con todo el vigor. Al pasar frente a la isla Margarita el catamarán aminora la marcha y hace sonar la campana tres veces en señal de reconocimiento a la memoria del fundador de la compañía Turis-Sud, Don Eduardo Rot. En lo alto de la pequeña isla, medio escondida entre un bosquecillo de cipreses, asoma una hermosa casa blanca en estilo racionalista. Guillermo Goicoechea, guia de la empresa Turis-Sud, a quien conozco desde hace años, guarda un asombroso parecido con uno de esos personajes que pintaba El Bosco Alto y espigado. De ojos azul intenso y mirada penetrante. Los rasgos afilados de su cara quedan algo disimulados gracias a una muy cuidada barba, que con los años se ha tornado algo más que canosa. El hidalgo de La Mancha, que es Gulliermo, señala con gesto elegantemente coreografiado: "Ahí aún vive una hija de Don Alberto. Él mismo suele venir algun que otro fín de semana".
Nuestra embarcación deja atrás la isla y a medida que lo hace acelera paulatinamente la marcha. Yo sin embargo continuo con la mirada puesta ahí, en la casa, Villa Margarita se llama. Alguien, una mujer, asoma en la terraza que da al jardín. Lleva puesto un vestido floreado, y un pañuelo al estilo Jackie O. y gafas de sol (¿con montura de carey?) le cubren el rostro. En la mano derecha sujeta una copa, puede que de vino blanco. Y un cigarrillo en la otra. Mira hacia la embarcación. Diría que me está observando. ¿Es bella? me pregunto. La distancia que nos separa no me da para medir algo así.
Don Alberto pertenece a una famila de alemanes que a mediados del s. XIX se establecieron en Chile. Forma parte de aquel flujo de europeos alentados a colonizar la Patagonia austral por iniciativa de Vicente Peréz Rosales y el presidente Mont. Dejaron su Europa natal rumbo a los confines de la Patagonia sin saber que se iban a encontrar aunque cargados de ilusiones. Nadie o casi nadie entonces se interesaba por aquel lejano y desconocido sur. Sin embargo ellos, los Rot y otros, confiaron en un proyecto o tal vez un sueño, trabajaron duro y les salió bien. Don Alberto regenta el hotel Peulla y desde hace un par de años, también el Natura. Los edificios miran frente al rio Peulla. Almorzar o pernoctar en el Peulla es casí inevitable para quien viaja entre Petrohue y San Carlos de Bariloche o viceversa. Después de un aguacero ha salido el sol. Los notros y los rododendros que hay en el jardín del antiguo hotel están hermosos. La tierra volcánica del bosque es muy fertil. Estamos en medio de la selva Valdiviana, gran masa verde que abraza la cordillera de los Andes australes, donde cientos de especies de flora endémica como el notro, el milenario alerce, el cohihue o la lenga, gozan de protección gracias a la protección del Parque Nacional Vicente Peréz Rosales. Me siento a la mesa del comedor del nuevo establecimiento, el hotel Natura, y al poco arriba don Alberto. "Jaime, ¿cómo estás? ¿viniste con un grupo?" "Si, solo que ellos ya terminaron de comer. Probablemente estén yendo a las cataratas". Más que cataratas es un gran salto de agua que brota de los más hondo de la selva. Andando apenas lleva veinte minutos. El mozo me trae un pisco sour, coctel chileno pero también conocido en Perú. Don Alberto no toma nada. Bebo en silencio. Don Alberto tiene la vista puesta en la sala. Lo observa todo, sin que se le escape detalle. Es la hora del almuerzo y la sala está al completo. Al poco vuelve el mozo de antes. Me trae una empanada de carne. La pruebo. "¿Está rica?", inquiere Don Alberto. Si, está muy buena, le contesto tras quemarme la boca . "Una vieja receta de mi madre, y ojo; recien salida del horno".
El abuelo de Alberto Schimer Rot, Don Eduardo Rot, fue quien descubriera al viajero y al turista este hermoso paraje. Junto con otro pionero, el celebre Francisco Pascasio - "Perito" - Moreno, abrió el paso de Peulla, el camino que comunica hoy dos de los parques nacionales más importantes de Ámerica Latina; el P.N. Vicente Peréz Rosales, en Chile, y el P.N. Nahuel Huapi, en la Argentina.
El último tramo de navegación lacustre tiene lugar en el lago Todos los Santos. El sol nos acompaña y gracias a este raro fenómeno - los días soleados son la excepción en la Patagonia - el color verde turquesa de sus agua se muestra con todo el vigor. Al pasar frente a la isla Margarita el catamarán aminora la marcha y hace sonar la campana tres veces en señal de reconocimiento a la memoria del fundador de la compañía Turis-Sud, Don Eduardo Rot. En lo alto de la pequeña isla, medio escondida entre un bosquecillo de cipreses, asoma una hermosa casa blanca en estilo racionalista. Guillermo Goicoechea, guia de la empresa Turis-Sud, a quien conozco desde hace años, guarda un asombroso parecido con uno de esos personajes que pintaba El Bosco Alto y espigado. De ojos azul intenso y mirada penetrante. Los rasgos afilados de su cara quedan algo disimulados gracias a una muy cuidada barba, que con los años se ha tornado algo más que canosa. El hidalgo de La Mancha, que es Gulliermo, señala con gesto elegantemente coreografiado: "Ahí aún vive una hija de Don Alberto. Él mismo suele venir algun que otro fín de semana".
Nuestra embarcación deja atrás la isla y a medida que lo hace acelera paulatinamente la marcha. Yo sin embargo continuo con la mirada puesta ahí, en la casa, Villa Margarita se llama. Alguien, una mujer, asoma en la terraza que da al jardín. Lleva puesto un vestido floreado, y un pañuelo al estilo Jackie O. y gafas de sol (¿con montura de carey?) le cubren el rostro. En la mano derecha sujeta una copa, puede que de vino blanco. Y un cigarrillo en la otra. Mira hacia la embarcación. Diría que me está observando. ¿Es bella? me pregunto. La distancia que nos separa no me da para medir algo así.
viernes, 4 de noviembre de 2011
Patagonia, noviembre 2012
Mañana sábado 5 de noviembre viajo a la Patagonia. Mejor dicho, mañana vuelo a Buenos Aires, y, desde BAs, dos días después, volaré a Esquel, en la Patagonia. Será el inicio del viaje de cada otoño. No recuerdo exactamente cuando empecé con estos viajes. Noviembre es més de lluvias y viento en Rio Negro, sin embargo The Weather Channel nos anuncia buen tiempo.
Desde el momento que uno se sube al avión de Aerolineas Argentinas, se situa en Argentina.El vuelo, al ser nocturno y en fín de semana, suele ir lleno. La mayor parte del pasaje la compone ciudadanos de aquel país que regresan a casa. Ya en la cola de embarque te das cuenta. Van cargados de enseres personales. Bolsas de viaje voluminosas. Paquetes demasiados grandes para llevar a bordo pero que de alguna manera - y la complicidad de la tripulación - lograrán subirlos.
Desde el momento que uno se sube al avión de Aerolineas Argentinas, se situa en Argentina.El vuelo, al ser nocturno y en fín de semana, suele ir lleno. La mayor parte del pasaje la compone ciudadanos de aquel país que regresan a casa. Ya en la cola de embarque te das cuenta. Van cargados de enseres personales. Bolsas de viaje voluminosas. Paquetes demasiados grandes para llevar a bordo pero que de alguna manera - y la complicidad de la tripulación - lograrán subirlos.
viernes, 15 de abril de 2011
"La piscina de los Graff" 1
Las entradas en este espacio, "La Piscina de los Graff", pretenden ser una colección de relatos confeccionados a base de anécdotas y experiencias vividas en Sudáfrica a lo largo de más o menos diez años. Eran tiempos muy diferentes a los ahora. El país ha dado un vuelco. Del ayer y hoy, de todo un poco, hablaré aquí.
El nombre "La piscina de los Graff" hace referencia a un lugar en Ciudad del Cabo para mi muy entrañable y que visitaba a menudo.
Si bien no escribo con la pretensión de emular a los grandes escritores de viajes me permito al menos fantasear con la idea de que llegue el día que pueda juntar todo este material y darle forma de libro. Ya veremos.
Por último, puesto que esto es un blog, un medio que permite desenvolverse con gran libertad, cabe la posibilidad que algunas de las entradas publicadas experimenten, con el pasar del tiempo, ligeros cambios. Ya se sabe que la memoria es una cosa elástica y muy a menudo esta nos sorprende con cosas nuevas.
En fin, espero os agrade.
En Moullie Point, Cape Town, hay un Café donde sirven un estupendo espresso. Se llama Adesso y es diminuto. El camarero, un joven de aspecto asiático, me sirve un espresso en una tacita blanca con el anagrama de la marca de cafés Illy. El color dorado de la espuma contrasta con el rojo de la taza. Doy un sorbo. El sabor es ligeramente amargo, como a mi me gusta. Lastima que la tacita, realmente minúscula, apenas dé para tres sorbos.
-¿Qué debo? -Le pregunto al camarero mientras este deposita con sumo cuidado una bandeja con cruasanes en un expositor -Dos rand, por favor -, contesta con una sonrisa.
Apuro el café, pago la cuenta y salgo a la calle. Luce el sol - algo no muy habitual en los imprevisibles otoños del Cabo y decido dar un paseo. Echo a andar en dirección Fritz Sonnenberg Road. Al pasar por delante del Club de Golf Metropolitan, observo a través de la alambrada, un grupo de seis ancianos salir del Club House y dirigirse a pie al primer green. Les sigue un caddy negro cargado con una gran bolsa llena de palos. A juzgar en cómo anda, con el cuerpo inclinado hacia un lado, ésta debe pesar lo suyo.
Por detrás de la montaña Lions Head asoman unos amenazadores nubarrones. Sopla un aire frío. En la bolsa llevo una bonita bufanda de seda marrón que alguien me trajo ahora no recuerdo de que país. Me cubro el cuello con ella y aprieto el paso.
Al final de calle, haciendo esquina con el paseo marítimo, donde antes se alzaba un vulgar edificio de apartamentos de la época de los 70s, ahora se hay un esbelto bloque de viviendas de diseño. Luxury is not an optional extra - it's common place, reza una valla publicitaría en la elegante fachada que mira al mar. Completa el anuncio una foto de un apuesto caballero vestido de blanco y que contempla el mar desde el balcón de su estupendo loft.
Los días en que no hay bruma, como hoy, se alcanza a ver el perfil de la isla de Robben Island. Por unos instantes imagino que estoy ahí, encerrado en una celda, y con la vista puesta en la montaña. Hoy el tiempo amaga con volverse desapacible pero para mi este es el momento más bello del día. La luz gana en matices; los tonos se vuelven suaves y cálidos. La espuma de las olas que rompen en la orilla recuerda a las claras de huevo recién batidas. La silueta de Table Mountain se torna violeta y el manto de nubes que la cubre, rosa. Muy cruel estar ahí, en aquella isla, encerrado en una miserable celda y tener que soportar todas las tardes el mismo espectáculo. La emoción me nubla la vista.
Sigo andando hasta llegar a unas escaleras que bajan a la playa. Al ser una playa casi toda de rocas no es fácil dar con un lugar donde poder instalarse con comodidad. Para acceder al agua hay un viejo paseo de cemento que lleva a una caleta de aguas más tranquilas. Es un espacio donde además de uno poderse bañarse a gusto, había privacidad. Podías tumbarte o nadar desnudo sin la preocupación de que alguien pudiera verte. Los mismo que habían construido el pedestrian walkway, el paseo de obra, habían añadido un muro que te protegía de miradas curiosas.
En un popular programa de radio de los años 80 La sra. Eunice Levinstein, oyente habitual, llamó un día quejándose de un bochornoso espectáculo que veía todas las mañanas desde el balcón de su casa. “¿Qué sucede señora?” Le preguntaron. “Hombres practicando sexo”, dijo, indignada. ¿Cómo dice? “Lo que les digo; desnudos y haciendo todo tipo de porquerías”. Transcurridos unos minutos, un coche patrulla se personó en casa de la sra. Levinstein.
Los agentes descubrieron que la única estancia orientada al paseo, y con vistas a la playa, era el cuarto de baño principal. En el baño había un ventanuco de guillotina situado en un extremo del baño, a una altura fuera del alcance visual de incluso alguien como el Cabo Marius Cronje, un tipo alto y corpulento.
Los dos policias lanzaron una mirada interrogatoria a la sra. Levintstein.
“Utilizo la escalera que guardo en el trastero”, aclaró ella.
Esta anécdota se la oí por primera vez al guía Bruce Burton, a quien tuve de supervisor en mis primeras salidas en grupo. Los guías a veces gustan contar anécdotas picantes. Sirven para romper el hielo, para tantear a los clientes. La historia de la señora Levinstein puede sonar a chisme pero era verdad.
En el camino a Bantry Bay reparo en lugares familiares y que poco han cambiado a pesar de los años transcurridos. El hotel Winchester Mansions, con su imponente fachada de estilo colonial inglés y flaqueado por enormes palmeras, sigue ahí, delante de un parque recubierto de césped y encarado a poniente. El césped forma parte de una extensa franja verde que discurre entre los dos carriles reservados para el tráfico y el paseo junto a la playa. En días soleados familias y grupos de amigos toman posesión del parque. Es un amplio trozo de cesped muy bien cuidado que separa el hotel del paseo marítimo. Bien cuidado y largo, pues se extiende a lo largo de varias manzanas. La gente aprovecha la ocasión para disfrutar de un suculento picnic o de un improvisado partido de críquet. Los fines de semana organizan conciertos gratuitos de jazz. El talento de algunos de los grupos es realmente extraordinario y todo lo que se recauda - son gratuitos pero casi todo el mundo colabora con una pequeña donación - va destinado a actividades benéficas.
El Winchester Mansions dispone de un acogedor bar. La zona exterior ocupa un angosto y reducido porche. Apenas caben cinco o seis mesas. De joven, siempre que pasaba por delante, en especial por las tardes, lo veía abarrotado de gente. El atractivo de entonces y el de hoy sigue siendo el mismo: las puestas de sol. Probablemente de las mejores de Ciudad del Cabo. Hace unos años, en ocasión de un viaje de trabajo, tuve por fin mi oportunidad. Había salido a dar una vuelta en compañía de unos clientes. Eran dos matrimonios amigos. Gente muy viajada, sin embargo nunca antes habían estado en Ciudad del Cabo. Faltaba poco más de una hora para el atardecer cuando pasamos por delante del Winchester Mansions. Me sorprendió muy poca clientela en el bar. Entramos, nos dirigimos al porche y nos sentamos en la única mesa disponible. Mis acompañantes pidieron dos gin-tonics y yo un whisky-sour. "¿Por qué brindamos?" Nos pusimos rápidamente de acuerdo: "por un hermoso atardecer". En apenas unos segundos, el sol, un enorme disco rojo, se ocultó en el lugar más lejano del horizonte y del vasto océano.
Años más tarde, en Barcelona, volví a ver aquellos antiguos clientes. "No he vuelto a probar un gin-tonic como el que nos tomamos una tarde sentados en la terraza del Wincherter Mansions".
De joven trabajé en un bar, el Carrousel, que estaba junto a la piscina pública de Sea Point. La piscina sigue ahí, en la playa. El Carrousel tenía dos niveles. Abajo el bar, arriba el restaurante y una hermosa terraza con estupendas vistas del mar y la playa. Ya desapareció y en su lugar ahora hay otro negocio. Es una heladería con colores chillones. De esas de estilo americano y que ahora hay por todas partes. Cuando era el Carrousel era otra cosa. La cocina que practicaban intentaba ser una mezcla de especialidades francesas y locales, con hincapié en los productos del mar. Nada extraordinario, en aquella época no existía la sofisticación culinaria, pero la calidad era más que aceptable. Prueba de ello es que la mayoría de los clientes eran habituales. Sin embargo el lograr un ambiente adecuado era más importante que una buena cocina.
Los fines se semana el Carrousel era uno de los pocos lugares en Cape Town donde ir a pasar un buen rato por la tarde. La zona del bar, una vez terminado el turno del almuerzo, se habilitaba como Cine Club. Las películas que se proyectaban eran muy variadas, estrenos comerciales de éxito se alternaban con rarezas del cine avant garde o arte y ensayo, recien traidas de Europa o los EE.UU. La censura imperante y que el Carrousel, de algún modo esquivava, convertía aquellas sesiones de tarde en todo un acontecimiento. El ambiente, una vez todas las mesas estaban ocupadas, con gente agolpándose en la puerta, era extraordinario. Había días que el aire olía a actividad ilícita, transegerosa, y la sensación era muy excitante.
Conservo el recuerdo de estar sentado en una mesita junto a la ventana, mirando al mar. El cielo rojo - pink at night, shepard's delight, decía mi madre -, y un mar de seda dorada. Compartía con dos amigos más, Dave y Lisa. Los tres expectantes. De la primera película -las sesiones igual que en los cines de barrio en la España de antes: dos pelis-, ni me acuerdo. La otra, la Grand Boufe, de Marco Ferreri. ¡Madre mia, qué bien lo pasé! Tal vez tenga que ver con todas aquellas escenas con pantagruélicas cenas (o desayunos o almuerzos, ahí no sabes cuando es una cosa u otra), pero lo cierto es que nuestra cena, que compartimos entre todos, una moussaka, media langosta al grill y un turbot al horno, nos supo a gloria.
Prince Lodge. Salgo al pequeño patio que da a la parte interior de la casa. Es un lugar recogido y coqueto. En un extremo hay una barbacoa. Junto a esta, adosado al muro que da a la casa contigua, un banco de obra con cojines de diversos materiales, tamaños y diseños. Phileas, el gato de Erica y Malcom duerme acurrucado sobre la mesa-camilla que sirve para tomar el desayuno. Un mantel de tonos cálidos cubre el sobre de marmol.
El nombre "La piscina de los Graff" hace referencia a un lugar en Ciudad del Cabo para mi muy entrañable y que visitaba a menudo.
Si bien no escribo con la pretensión de emular a los grandes escritores de viajes me permito al menos fantasear con la idea de que llegue el día que pueda juntar todo este material y darle forma de libro. Ya veremos.
Por último, puesto que esto es un blog, un medio que permite desenvolverse con gran libertad, cabe la posibilidad que algunas de las entradas publicadas experimenten, con el pasar del tiempo, ligeros cambios. Ya se sabe que la memoria es una cosa elástica y muy a menudo esta nos sorprende con cosas nuevas.
En fin, espero os agrade.
En Moullie Point, Cape Town, hay un Café donde sirven un estupendo espresso. Se llama Adesso y es diminuto. El camarero, un joven de aspecto asiático, me sirve un espresso en una tacita blanca con el anagrama de la marca de cafés Illy. El color dorado de la espuma contrasta con el rojo de la taza. Doy un sorbo. El sabor es ligeramente amargo, como a mi me gusta. Lastima que la tacita, realmente minúscula, apenas dé para tres sorbos.
-¿Qué debo? -Le pregunto al camarero mientras este deposita con sumo cuidado una bandeja con cruasanes en un expositor -Dos rand, por favor -, contesta con una sonrisa.
Apuro el café, pago la cuenta y salgo a la calle. Luce el sol - algo no muy habitual en los imprevisibles otoños del Cabo y decido dar un paseo. Echo a andar en dirección Fritz Sonnenberg Road. Al pasar por delante del Club de Golf Metropolitan, observo a través de la alambrada, un grupo de seis ancianos salir del Club House y dirigirse a pie al primer green. Les sigue un caddy negro cargado con una gran bolsa llena de palos. A juzgar en cómo anda, con el cuerpo inclinado hacia un lado, ésta debe pesar lo suyo.
Por detrás de la montaña Lions Head asoman unos amenazadores nubarrones. Sopla un aire frío. En la bolsa llevo una bonita bufanda de seda marrón que alguien me trajo ahora no recuerdo de que país. Me cubro el cuello con ella y aprieto el paso.
Al final de calle, haciendo esquina con el paseo marítimo, donde antes se alzaba un vulgar edificio de apartamentos de la época de los 70s, ahora se hay un esbelto bloque de viviendas de diseño. Luxury is not an optional extra - it's common place, reza una valla publicitaría en la elegante fachada que mira al mar. Completa el anuncio una foto de un apuesto caballero vestido de blanco y que contempla el mar desde el balcón de su estupendo loft.
Los días en que no hay bruma, como hoy, se alcanza a ver el perfil de la isla de Robben Island. Por unos instantes imagino que estoy ahí, encerrado en una celda, y con la vista puesta en la montaña. Hoy el tiempo amaga con volverse desapacible pero para mi este es el momento más bello del día. La luz gana en matices; los tonos se vuelven suaves y cálidos. La espuma de las olas que rompen en la orilla recuerda a las claras de huevo recién batidas. La silueta de Table Mountain se torna violeta y el manto de nubes que la cubre, rosa. Muy cruel estar ahí, en aquella isla, encerrado en una miserable celda y tener que soportar todas las tardes el mismo espectáculo. La emoción me nubla la vista.
Sigo andando hasta llegar a unas escaleras que bajan a la playa. Al ser una playa casi toda de rocas no es fácil dar con un lugar donde poder instalarse con comodidad. Para acceder al agua hay un viejo paseo de cemento que lleva a una caleta de aguas más tranquilas. Es un espacio donde además de uno poderse bañarse a gusto, había privacidad. Podías tumbarte o nadar desnudo sin la preocupación de que alguien pudiera verte. Los mismo que habían construido el pedestrian walkway, el paseo de obra, habían añadido un muro que te protegía de miradas curiosas.
En un popular programa de radio de los años 80 La sra. Eunice Levinstein, oyente habitual, llamó un día quejándose de un bochornoso espectáculo que veía todas las mañanas desde el balcón de su casa. “¿Qué sucede señora?” Le preguntaron. “Hombres practicando sexo”, dijo, indignada. ¿Cómo dice? “Lo que les digo; desnudos y haciendo todo tipo de porquerías”. Transcurridos unos minutos, un coche patrulla se personó en casa de la sra. Levinstein.
Los agentes descubrieron que la única estancia orientada al paseo, y con vistas a la playa, era el cuarto de baño principal. En el baño había un ventanuco de guillotina situado en un extremo del baño, a una altura fuera del alcance visual de incluso alguien como el Cabo Marius Cronje, un tipo alto y corpulento.
Los dos policias lanzaron una mirada interrogatoria a la sra. Levintstein.
“Utilizo la escalera que guardo en el trastero”, aclaró ella.
Esta anécdota se la oí por primera vez al guía Bruce Burton, a quien tuve de supervisor en mis primeras salidas en grupo. Los guías a veces gustan contar anécdotas picantes. Sirven para romper el hielo, para tantear a los clientes. La historia de la señora Levinstein puede sonar a chisme pero era verdad.
En el camino a Bantry Bay reparo en lugares familiares y que poco han cambiado a pesar de los años transcurridos. El hotel Winchester Mansions, con su imponente fachada de estilo colonial inglés y flaqueado por enormes palmeras, sigue ahí, delante de un parque recubierto de césped y encarado a poniente. El césped forma parte de una extensa franja verde que discurre entre los dos carriles reservados para el tráfico y el paseo junto a la playa. En días soleados familias y grupos de amigos toman posesión del parque. Es un amplio trozo de cesped muy bien cuidado que separa el hotel del paseo marítimo. Bien cuidado y largo, pues se extiende a lo largo de varias manzanas. La gente aprovecha la ocasión para disfrutar de un suculento picnic o de un improvisado partido de críquet. Los fines de semana organizan conciertos gratuitos de jazz. El talento de algunos de los grupos es realmente extraordinario y todo lo que se recauda - son gratuitos pero casi todo el mundo colabora con una pequeña donación - va destinado a actividades benéficas.
El Winchester Mansions dispone de un acogedor bar. La zona exterior ocupa un angosto y reducido porche. Apenas caben cinco o seis mesas. De joven, siempre que pasaba por delante, en especial por las tardes, lo veía abarrotado de gente. El atractivo de entonces y el de hoy sigue siendo el mismo: las puestas de sol. Probablemente de las mejores de Ciudad del Cabo. Hace unos años, en ocasión de un viaje de trabajo, tuve por fin mi oportunidad. Había salido a dar una vuelta en compañía de unos clientes. Eran dos matrimonios amigos. Gente muy viajada, sin embargo nunca antes habían estado en Ciudad del Cabo. Faltaba poco más de una hora para el atardecer cuando pasamos por delante del Winchester Mansions. Me sorprendió muy poca clientela en el bar. Entramos, nos dirigimos al porche y nos sentamos en la única mesa disponible. Mis acompañantes pidieron dos gin-tonics y yo un whisky-sour. "¿Por qué brindamos?" Nos pusimos rápidamente de acuerdo: "por un hermoso atardecer". En apenas unos segundos, el sol, un enorme disco rojo, se ocultó en el lugar más lejano del horizonte y del vasto océano.
Años más tarde, en Barcelona, volví a ver aquellos antiguos clientes. "No he vuelto a probar un gin-tonic como el que nos tomamos una tarde sentados en la terraza del Wincherter Mansions".
De joven trabajé en un bar, el Carrousel, que estaba junto a la piscina pública de Sea Point. La piscina sigue ahí, en la playa. El Carrousel tenía dos niveles. Abajo el bar, arriba el restaurante y una hermosa terraza con estupendas vistas del mar y la playa. Ya desapareció y en su lugar ahora hay otro negocio. Es una heladería con colores chillones. De esas de estilo americano y que ahora hay por todas partes. Cuando era el Carrousel era otra cosa. La cocina que practicaban intentaba ser una mezcla de especialidades francesas y locales, con hincapié en los productos del mar. Nada extraordinario, en aquella época no existía la sofisticación culinaria, pero la calidad era más que aceptable. Prueba de ello es que la mayoría de los clientes eran habituales. Sin embargo el lograr un ambiente adecuado era más importante que una buena cocina.
Los fines se semana el Carrousel era uno de los pocos lugares en Cape Town donde ir a pasar un buen rato por la tarde. La zona del bar, una vez terminado el turno del almuerzo, se habilitaba como Cine Club. Las películas que se proyectaban eran muy variadas, estrenos comerciales de éxito se alternaban con rarezas del cine avant garde o arte y ensayo, recien traidas de Europa o los EE.UU. La censura imperante y que el Carrousel, de algún modo esquivava, convertía aquellas sesiones de tarde en todo un acontecimiento. El ambiente, una vez todas las mesas estaban ocupadas, con gente agolpándose en la puerta, era extraordinario. Había días que el aire olía a actividad ilícita, transegerosa, y la sensación era muy excitante.
Conservo el recuerdo de estar sentado en una mesita junto a la ventana, mirando al mar. El cielo rojo - pink at night, shepard's delight, decía mi madre -, y un mar de seda dorada. Compartía con dos amigos más, Dave y Lisa. Los tres expectantes. De la primera película -las sesiones igual que en los cines de barrio en la España de antes: dos pelis-, ni me acuerdo. La otra, la Grand Boufe, de Marco Ferreri. ¡Madre mia, qué bien lo pasé! Tal vez tenga que ver con todas aquellas escenas con pantagruélicas cenas (o desayunos o almuerzos, ahí no sabes cuando es una cosa u otra), pero lo cierto es que nuestra cena, que compartimos entre todos, una moussaka, media langosta al grill y un turbot al horno, nos supo a gloria.
Prince Lodge. Salgo al pequeño patio que da a la parte interior de la casa. Es un lugar recogido y coqueto. En un extremo hay una barbacoa. Junto a esta, adosado al muro que da a la casa contigua, un banco de obra con cojines de diversos materiales, tamaños y diseños. Phileas, el gato de Erica y Malcom duerme acurrucado sobre la mesa-camilla que sirve para tomar el desayuno. Un mantel de tonos cálidos cubre el sobre de marmol.
martes, 12 de abril de 2011
Pasear con perros en Japón
En uno de mis viajes por Japón ví algo que me llamo la atención. En un parque cercano al castillo de Osaka un anciano paseaba junto a su perro, uno de esos de raza diminuta. De repente el animal se para y hace como que se dispone a cagar. El anciano se da cuenta y raudo echa mano de un periódico que llevaba bajo el brazo. Le da tiempo para agarrar un par o tres de hojas y extenderlas con sumo cuidado pero con precisión, en el suelo, justo bajo el trasero del animal. En ese instante el perro suelta todo lo que lleva dentro. La mierda, de un color marrón claro y más bien blanda, cae en medio del papel como uno de esos helados que se enrollan mecánicamente. "¡Qué maravilla, qué destreza tiene ese hombre!" me digo, pasmado.
Una vez el perrito ha finalizado con la tarea de evacuar se pone a escarbar el suelo frenéticamente -a los perros después de cagar siempre les da por hacer eso-, pero el viejo anticipándose a su mascota, en un plis plas envuelve los excrementos en las hojas de periódico dándole forma de paquete y lo deposita en el interior de un contenedor cercano especial para estos menesteres.
Yo continuo ahí, de pie, con la misma cara de pasmarote de antes.
Esta misma representación la volví a ver días más tarde en el parque de Ueno, en Tokyo. Era tarde y ya se había puesto el sol. En un rincón poco frecuentado, apartado de un grupo de jóvenes que estaban sentados bajo un imponente árbol de cerezo en flor, una mujer empujaba un carrito de niños. Pero en lugar de niños llevaba dos perritos. Los dos eran idénticos. Marrón oscuro y con enormes ojos saltones. Chihuahuas tal vez. Iban vestidos igual, con un conjunto de punto color fucsia. Qué me vino a la cabeza, dejémoslo estar...
La señora se para en un lugar donde crece el cesped y suelta a los perritos. Uno de ellos echa a correr. La señora, detrás. Le da alcance, y como adivinando lo que va a suceder, saca del bolso un envoltorio de papel, las famosas hojas de periódico y venga, la rutina que ya conocemos. "¡Fantástico!", exclamo en silencio.
De vuelta a Barcelona me doy de bruces con nuestras costumbres habituales. La gente con perro es poco considerada con el prójimo. No parece importales si a sus mascotas les da por manchar de mierda las aceras, el portal de las casas o los parques (en los que a menudo hay niños jugando en el suelo). Soy de la opinión que no basta con recoger los excrementos con la ayuda de una bolsa de plástico o unos papeles y luego lanzarlos en el primer contenedor que vemos.
El método japonés es una buena solución.
Hasta puede ser divertido: Salgo de casa -imaginemos con mi perro (no tengo, pero da lo mismo) y bajo el brazo un ejemplar de "El Mundo" o aún peor; la gazeta "Intereconomía. Puesto que esto es todo imaginario, no es un perrito lo que llevo atado a la correa sino un magnífico pastor alemán. Al cabo de poco, en una esquina, el animal se pone a husmear algo con gran interés. Tira a un lado, echa para atrás. Se para en el lugar idóneo y hace como que... ¡Zas! en ese preciso instante, yo, que no le he quitado ojo y conozco muy bien cada uno de sus gestos, despliego raudo el periódico. Precisamente por la página 18, donde aparece ese artículo de opinión de aquel periodista que tanto inquina nos tiene a los catalanes (es un ejemplo, podría tratarse de cualquier otra cosa), y con un par de movimientos certeros, ¡plas!, situo la página con el artículo (y la foto del periodista), justo bajo en culo de mi querido perro, y segundos antes en que caiga un enorme y espeso cagarro, ¡Paf!. Pasmado me quedo. A hecho diana en la foto del periodista.
Una vez el perrito ha finalizado con la tarea de evacuar se pone a escarbar el suelo frenéticamente -a los perros después de cagar siempre les da por hacer eso-, pero el viejo anticipándose a su mascota, en un plis plas envuelve los excrementos en las hojas de periódico dándole forma de paquete y lo deposita en el interior de un contenedor cercano especial para estos menesteres.
Yo continuo ahí, de pie, con la misma cara de pasmarote de antes.
Esta misma representación la volví a ver días más tarde en el parque de Ueno, en Tokyo. Era tarde y ya se había puesto el sol. En un rincón poco frecuentado, apartado de un grupo de jóvenes que estaban sentados bajo un imponente árbol de cerezo en flor, una mujer empujaba un carrito de niños. Pero en lugar de niños llevaba dos perritos. Los dos eran idénticos. Marrón oscuro y con enormes ojos saltones. Chihuahuas tal vez. Iban vestidos igual, con un conjunto de punto color fucsia. Qué me vino a la cabeza, dejémoslo estar...
La señora se para en un lugar donde crece el cesped y suelta a los perritos. Uno de ellos echa a correr. La señora, detrás. Le da alcance, y como adivinando lo que va a suceder, saca del bolso un envoltorio de papel, las famosas hojas de periódico y venga, la rutina que ya conocemos. "¡Fantástico!", exclamo en silencio.
De vuelta a Barcelona me doy de bruces con nuestras costumbres habituales. La gente con perro es poco considerada con el prójimo. No parece importales si a sus mascotas les da por manchar de mierda las aceras, el portal de las casas o los parques (en los que a menudo hay niños jugando en el suelo). Soy de la opinión que no basta con recoger los excrementos con la ayuda de una bolsa de plástico o unos papeles y luego lanzarlos en el primer contenedor que vemos.
El método japonés es una buena solución.
Hasta puede ser divertido: Salgo de casa -imaginemos con mi perro (no tengo, pero da lo mismo) y bajo el brazo un ejemplar de "El Mundo" o aún peor; la gazeta "Intereconomía. Puesto que esto es todo imaginario, no es un perrito lo que llevo atado a la correa sino un magnífico pastor alemán. Al cabo de poco, en una esquina, el animal se pone a husmear algo con gran interés. Tira a un lado, echa para atrás. Se para en el lugar idóneo y hace como que... ¡Zas! en ese preciso instante, yo, que no le he quitado ojo y conozco muy bien cada uno de sus gestos, despliego raudo el periódico. Precisamente por la página 18, donde aparece ese artículo de opinión de aquel periodista que tanto inquina nos tiene a los catalanes (es un ejemplo, podría tratarse de cualquier otra cosa), y con un par de movimientos certeros, ¡plas!, situo la página con el artículo (y la foto del periodista), justo bajo en culo de mi querido perro, y segundos antes en que caiga un enorme y espeso cagarro, ¡Paf!. Pasmado me quedo. A hecho diana en la foto del periodista.
lunes, 11 de abril de 2011
¿Es una broma?
Lo que viene a continuación es un comentario - largo - sobre algo que me pasó en un vuelo de Buenos Aires a Barcelona. Lo dejo como está, sin tocar o añadir nada.
Vuelo AR 1160.
Mi asiento, el 31B. Pasillo, salida de emergencia. Que bien, puedo estirar las piernas, podré dormir...
Hay algo con el asiento, es incómodo. Mi cuerpo tiende a desplazarse hacia un lado. Lo arreglo colocando tres ejemplares de la revista de Aerolíneas bajo el culo. El sistema de audio no funciona correctamente. El sonido se interrumpe a cada momento. Leer tampoco resulta fácil. La luz individual que hay sobre mi cabeza parpadea. Afortunadamente el vuelo no va al completo y doy con un lugar libre (en realidad, dos) en la parte trasera de la nave, cerca del baño. Cuando llega el momento de querer utilizarlo me encuentro que este está ocupado. En realidad no hay nadie. Lo que ocurre, y esto lo averiguo minutos después, es que los miembros de la tripulación se lo han reservado para uso exclusivo. Las azafatas son las que más uso hacen de el baño (baño L82, todos están numerados).
Llega la cena. Incomible. Yo había solicitado un menú sín lacteos. Lo que me traen es una bandeja con unos vegetales que no logro saber que son y un pedazo de pescado imposible de distinguir a que especie pertenece. Lo han debido someter a horas de horno microondas pues está más que reseco. Dispuestos estamos para cenar cuando llega el anuncio del sobrecargo. Viene a decirnos -con voz y tono radiofónico-seductor- que les es muy grato contar con nuestra confianza en Aerolíneas Argentinas, que están encantados de servirnos, van a hacer todo lo que esté en sus manos para que la experiencia nos sea lo más grata posible, un viaje para no olvidar, bla, bla, bla. El mismo sobrecargo, sr. Horacio Fanchetti (poque aqui todos van de "señor tal", "señora cual"), poco antes de tomar tierra en el aeropuerto del Prat nos obsequía con otro mensaje, este de despedida, donde nos da las gracias por nuestra incondicional apuesta por la mejor compañia de aviación argentina, nuestra aerolínea favorita.
Y yo me pregunto, ¿de qué va esto? ¿Acaso nos han tomado todos por tontos? ¿Sentido de humor o puro cinismo? Pongámonos en el lugar del viajero que realiza el viaje en sentido contrario, de Barcelona a Buenos Aires. Y además este es su primer viaje a la Argentina. Las primeras impressiones suelen ser duraderas, son importantes. En mi opinión, un buen viaje, una agradable experiencia con la compañía aerea que has elegido, es algo que va perdurar en la memoria. Es fundamental que esa primera experiencia sea satisfactoria de lo contrario pocas ganas te van a quedar para repetir. Me sorprende mucho que algo asi de importante no lo valoren por igual todas las compañias aereas.
¿Que qué tiene de bueno volar con Aerolíneas Argentinas? En mi opinión, algo muy importante: el vuelo es directo a destino. Sabiendo eso, el malrato que uno vaya a sufrir (o no) es algo que se puede sobrellevar más o menos bien...
Vuelo AR 1160.
Mi asiento, el 31B. Pasillo, salida de emergencia. Que bien, puedo estirar las piernas, podré dormir...
Hay algo con el asiento, es incómodo. Mi cuerpo tiende a desplazarse hacia un lado. Lo arreglo colocando tres ejemplares de la revista de Aerolíneas bajo el culo. El sistema de audio no funciona correctamente. El sonido se interrumpe a cada momento. Leer tampoco resulta fácil. La luz individual que hay sobre mi cabeza parpadea. Afortunadamente el vuelo no va al completo y doy con un lugar libre (en realidad, dos) en la parte trasera de la nave, cerca del baño. Cuando llega el momento de querer utilizarlo me encuentro que este está ocupado. En realidad no hay nadie. Lo que ocurre, y esto lo averiguo minutos después, es que los miembros de la tripulación se lo han reservado para uso exclusivo. Las azafatas son las que más uso hacen de el baño (baño L82, todos están numerados).
Llega la cena. Incomible. Yo había solicitado un menú sín lacteos. Lo que me traen es una bandeja con unos vegetales que no logro saber que son y un pedazo de pescado imposible de distinguir a que especie pertenece. Lo han debido someter a horas de horno microondas pues está más que reseco. Dispuestos estamos para cenar cuando llega el anuncio del sobrecargo. Viene a decirnos -con voz y tono radiofónico-seductor- que les es muy grato contar con nuestra confianza en Aerolíneas Argentinas, que están encantados de servirnos, van a hacer todo lo que esté en sus manos para que la experiencia nos sea lo más grata posible, un viaje para no olvidar, bla, bla, bla. El mismo sobrecargo, sr. Horacio Fanchetti (poque aqui todos van de "señor tal", "señora cual"), poco antes de tomar tierra en el aeropuerto del Prat nos obsequía con otro mensaje, este de despedida, donde nos da las gracias por nuestra incondicional apuesta por la mejor compañia de aviación argentina, nuestra aerolínea favorita.
Y yo me pregunto, ¿de qué va esto? ¿Acaso nos han tomado todos por tontos? ¿Sentido de humor o puro cinismo? Pongámonos en el lugar del viajero que realiza el viaje en sentido contrario, de Barcelona a Buenos Aires. Y además este es su primer viaje a la Argentina. Las primeras impressiones suelen ser duraderas, son importantes. En mi opinión, un buen viaje, una agradable experiencia con la compañía aerea que has elegido, es algo que va perdurar en la memoria. Es fundamental que esa primera experiencia sea satisfactoria de lo contrario pocas ganas te van a quedar para repetir. Me sorprende mucho que algo asi de importante no lo valoren por igual todas las compañias aereas.
¿Que qué tiene de bueno volar con Aerolíneas Argentinas? En mi opinión, algo muy importante: el vuelo es directo a destino. Sabiendo eso, el malrato que uno vaya a sufrir (o no) es algo que se puede sobrellevar más o menos bien...
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